Skip to content
30/03/2013 / Tamara

Ácidos, la CIA y la Realidad Última

Philip K. Dick nunca fue y nunca será la vainilla de la ciencia ficción. Dick huyó del lugar común de todos los aficionados a la literatura de anticipación, trascendiendo el género, y situándose como epicentro de la teoría de la conspiración. Fue también, como Descartes, el cuestionador eterno de la realidad. Un buen día, tras toda una vida describiendo mundos paralelos, abrió la puerta de casa al escuchar el timbre. Era Dios.

20071031150342-dick-crumb

El pequeño Philip Kindred vino al mundo en Chicago, en 1928, acompañado de su hermana Jane. A las pocas semanas Jane moría y Philip perdía a su mitad. De allí, a Berkeley, California, donde acabaría estudiando alemán, perturbando a los psicoanalistas y convirtiéndose en un adolescente apasionado de la música clásica y las historias pulp de Astounding y Amazing. A los 24 años, Philip publicó su primer cuento, Roog, y decidió convertirse a tiempo completo en uno de los grandes escritores de la nueva ola.

Ya iba por su segundo matrimonio cuando cayó en sus manos el I Ching. El libro de las mutaciones fue el oráculo que Dick consultaría para componer el primer gran éxito de su carrera: El hombre en el castillo, ganadora del Premio Hugo en 1963. Y a partir de ahí se encerró para escribir en sesiones febriles y maratonianas, gracias a las cuales verían la luz Los Clanes de la Luna Alfana, Tiempo de Marte, Ubik o Los tres estigmas de Palmer Eldritch.

Philip K. Dick no era Aldous Huxley. Solo se tomó un ácido en su vida y fue un mal viaje aterrador. De él dijo: “Amigos, he estado en el infierno y he tardado dos mil años en salir, a rastras”. Los sesenta fueron así de dañinos. El pasatiempo favorito de Dick, además de buscar a Dios, fue cuestionarse su propia realidad, y percibirla como un simulacro orquestado por un ente cuyo objetivo era engañarnos a todos. Dick tenía la misión de advertirnos, por lo que su psicosis sería una compañera inseparable para el resto de sus días. Cuando sus amigos le telefoneaban les pedía pruebas irrevocables de que eran realmente quienes decían ser. Y posteriormente sometería a los replicantes al mismo interrogatorio en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?.

La leyenda hacía tiempo que estaba fuera del horno y Timothy Leary, Robert Crumb o Art Spiegelman ya lo acogían como el genio oculto más subversivo de la época. Dick se sabía enfermo y , entre insomnios y recaídas varias, enarboló siempre la bandera de la paranoia y las anfetaminas ante amigos y periodistas.

El 20 de febrero de 1974 Philip K. Dick tuvo la mayor revelación de su existencia. Tras varios días encerrado, consumido por el dolor que le provocaba la extracción de una muela del juicio, llamó al farmacéutico para que le prescribiera un analgésico. Una mujer le trajo a casa el medicamento, y al abrir la puerta, Dick percibió un reluciente pez dorado colgado a su cuello mediante una fina cadena. Consternado por la visión, Dick fue consciente de la Realidad Última. Alternando días enteros de sueño con vigilias inciertas, vio manchas de colores en las paredes, y comprendió que el Imperio Romano nunca había caído, que Nixon era su emperador, y que la CIA le perseguía. Así se transformó en su alter ego, Amacaballo Fat. Fue su propio protagonista en su obra definitiva, Valis, en la que Amacaballo es un detective loco que busca desesperadamente a Dios.

Tras este tratado de teología, y un largo periodo internado en un hospital psiquiátrico, Dick se encerraría nuevamente para escribir su Exégesis, una suerte de diario inacabado en el que buscaba las claves de su propia locura y sus visiones reveladoras. Era el momento de recordar a su mitad muerta. O tal vez era su hermana Jane la que estaba viva y no él.  En contraposición, era época de bonanza económica. Los derechos de sus libros, que se vendían bien en el extranjero, y la oferta de la Warner de llevar al cine lo que luego sería Blade Runner podrían haber significado su tabla de salvación.

Pero el 18 de febrero de 1982 fue hallado inconsciente, en el suelo de su apartamento. Entró en coma y murió el 2 de marzo. Fue enterrado en Colorado junto a su gemela fantasma, el paradigma de su existencia. Como le sucedió a Don Quijote en su lecho de muerte, tal vez solo entonces los molinos dejaron de ser gigantes.

Este texto lo escribí originalmente para la versión en papel de la revista FREEK Magazine. Hoy lo he encontrado y me ha parecido lo suficientemente emocionante como para recuperarlo.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: